Leo Maslíah - Falta un vidrio
1. La moto
2. Los que hablaban del tiempo
3. Artistas profesionales
4. Vieja flaca
5. María Clotilde
6. El rejunte
7. Adiós Miguel
8. Súperman
9. La Teresa
10. Productos porcinos
11. Cerrajería
12. Empleada de oficina que atiende al público
13. Agua podrida
El uruguayo Leo Maslíah quizá sea el artista más inclasificable del que tengo noticia, y si hubiera con quién compararlo diría que de largo el mejor en algunos de los campos en los que se mueve su amplia actividad. Pianista de técnica virtuosa y concisa (tanto al abordar repertorio "culto" como jazzístico -improvisando sin complejos sobre standards- o popular; sea como solista o acompañante), actor, autor de teatro, de cuentos que en sus conciertos se convierten a veces en extraordinarios monólogos, novelas y música en gran variedad de estilos (tiene incluso una ópera que pudo ver estrenada hace pocos años)... para dejar boquiabierto al más pintado, vaya.
Sin embargo es sobre todo conocido como autor e intérprete de canciones, aunque el término "cantautor" no creo que le haga suficiente justicia. Pero bueno, valga para entendernos. Maslíah ha participado hasta la fecha, durante los últimos treinta años, en la grabación de más de cuarenta discos, la mayoría de los cuales contienen sobre todo versiones de sus increíbles canciones, que han despertado la admiración declarada de grandes del género como Sabina, Krahe o Albert Pla.
Cada canción de Leo Maslíah es un mundo único. Músico de sólida formación clásica, explora sin descanso el carácter lúdico del hecho de componer, lo que le lleva a emplear las más variadas maneras armónicas, melódicas, rítmicas, estructurales o literarias imaginables, siempre con un resultado notorio que, aunque no llegue en todas las ocasiones al mejor puerto, en multitud de ellas es sencillamente espectacular. La honda impresión que algunas de sus mejores canciones producen puede convertirse en estremecimiento y acto seguido en sonora carcajada que proviene de lo más profundo. Porque a todo esto, Maslíah es una especie de humorista. Como un humorista que no quisiera serlo, que no lo pretendiese, pero que no pudiera resistirse a espolvorear a lo largo de su repertorio gran cantidad de "observaciones" -a veces sueltas, a veces como punto de partida de una canción- que producen, junto a la más bestial y primaria explosión de hilaridad, arrebatos de ternura, empatía u otras sensaciones más difíciles de describir, siempre muy intensas, dominadas todas ellas por la impresión de que se encuentra uno ante una inteligencia apabullante. Como si de pronto alguien levantara el velo que oculta la verdadera realidad, mostrándote los misterios del mundo, y comprendieras de golpe que la explicación definitiva es que no hay nada que explicar, o si lo hubiera no podrías entender nada, pero a la vez, y aunque no te estén contando estrictamente un chiste, te estuviera permitido reír hasta quedar vacío. Impagable, único. Sí, léete de nuevo el final de este párrafo, que no lo entiendo ni yo. Pero por ahí van los tiros.
Los primeros discos de canciones de Leo Maslíah están dominados por el acompañamiento de guitarra española (también toca o tocaba la guitarra, y muy bien), aunque en seguida comienza a cobrar protagonismo el piano, que es sin duda su instrumento por excelencia. Tras un disco de debut llamado Cansiones Barias (Ayui, Montevideo, 1979), lleno de canciones de carácter marcadamente popular, grabó cuatro discos más (recientemente reeditados en dos respetuosos y completos cds, también por Ayui) que sobre la base piano/guitarra aportan una instrumentación cada vez más variada y que se encuentran entre mis favoritos aunque a día de hoy se alejan de lo que hace. De hecho son pocas las canciones de esa época que siga recuperando ahora en su siempre cambiante repertorio. Como también han salido al mercado un par de cds llamados Leo'84 (+/-2) que rescatan varias grabaciones en directo de muchas de estas canciones, existe al menos esta posibilidad de revivirlas en su momento más fresco.
Tras estos primeros discos empezó a usar con cada vez mayor frecuencia sintetizadores, efectos como pitch en la voz y cosas así, se lió a regrabar canciones (algunas están en más de dos o tres discos: en directo, en recopilaciones, con instrumentación distinta, etc) e incluyó cada vez más música instrumental mezclada con la cantada. Todos estos factores hacen que algunos de los discos de esta etapa (finales de los 80, principios de los 90) se me hagan en ocasiones un poco más arduos, aunque contienen quizá algunas de sus canciones más conmovedoras y conviven con otros especialmente inspirados como Buscado vivo, Punc o I lique roc. Después hizo algunos de sus (para mí) mejores discos, como el grandísimo Zanguango, en el que cuenta con la colaboración de un excepcional trío de musicazos que le da un color muy especial, o la imprescindible serie de tres directos que se editaron bajo el nombre Textualmente, y no ha parado hasta la fecha de editar perlas casi cada año. Bueno, sobre gustos no hay nada escrito, y además yo me quedo con todo en cualquier caso. Voy a centrarme en un disco que para mí tiene un valor especial por ser lo primero que escuché de él y por el impacto gigantesco que me produjo: se trata de Falta un vidrio, el segundo de su carrera.
Las canciones que incluye esta grabación fuera de serie exploran un sinfín de estados de ánimo, desde el drama casi aterrador de La moto y la angustia opresiva de María Clotilde o La Teresa hasta la ironía surrealista y delirante de Agua podrida, pasando por la crítica en forma de desternillante mofa de Súperman o Los que hablaban del tiempo. Una de ellas, la magistral Cerrajería, logra pasar por todos estos estados en fila india y te lleva de un lado a otro, si te dejas, con una habilidad que la convierte en uno de esos momentos en que puede que acabes riéndote a fondo sin saber exactamente por qué. Empleada de oficina que atiende al público despliega por cuatro veces una larguísima melodía que siempre parece querer acabar pero que no lo hace hasta mucho más allá, dejándote por fin sano y salvo en el suelo. Durante el trayecto la letra recrimina su mal genio a una empleada de ventanilla, y lo hace colocando cada sílaba en su sitio con una eficacia que no abunda. Artistas profesionales explora en su letra los motivos por los que los artistas se dedican a esto y, aunque tiene una melodía de lo más llana, la progresión de acordes incluye una modulación tan abrupta que roza lo cómico (¿o no?) y una inmediata vuelta a la (muy lejana) tonalidad original, tan sencilla que ni se nota. Esto convierte en fácil lo casi imposible, y es una habilidad que Maslíah parece haber desarrollado años después hasta límites insospechados, produciendo montones de canciones que se ceban en dotar de una apariencia cada vez más natural a unos giros armónicos y rítmicos cada vez más improbables o inesperados.
No puedo olvidarme de la única canción instrumental del disco, El rejunte, en la que la interpretación con piano preparado (esto es, modificando su sonido a base de meter entre las cuerdas papelotes o cacharrería diversa) se convierte en una especie de insólita danza tribal que parece brotar de un grupo nutrido de instrumentos de percusión. Un gran experimento, que como tantas otras veces dio lugar a un único y espectacular resultado.
En general este segundo disco muestra una madurez mucho mayor que la de su predecesor, aunque arrastra buena parte de su carácter popular. Pertenece a la primera época del autor, en que éste parecía tener una mayor intención de que sus canciones, más allá de ser combinaciones ordenadas de notas y sílabas, fueran disfrutadas por la gente en general con facilidad, con la empatía natural de quien se siente identificado con lo que oye, sea porque la música fuera fácil de sacar con una guitarra o porque las letras hablaran de temas más o menos cercanos. Ampliando un poco el concepto, en estos primeros discos Maslíah no tenía empacho en que muchas de sus canciones "dijeran cosas". Poco a poco, sin embargo, se fue produciendo en él una evolución que creo ver como algo natural en muchos músicos, sobre todo en muchos letristas: cada vez las canciones son concebidas en mayor medida como un fin en sí mismo y se van librando del yugo que supone que los oyentes traten de interpretar lo que el autor "ha querido decir", o incluso lo que piensa. Las canciones suenan y ya está. "Comprenderlas" es tarea vana, y lo que su autor piense de las cosas queda circunscrito a unas pocas canciones deliberadamente explícitas, o a lo que él decida comentar cara a cara con quien se cruce. Sabia decisión, me digo.
Bueno, que me enrollo y el teléfono sale caro. Sólo recomendaros, más áun que este u otros discos de Leo Maslíah, que asistáis a uno de sus conciertos siempre que podáis. No os arrepentiréis. Y con esto y un bizcocho.










Comentarios
Maslíah
No es que lo tenga estudiado, pero lo poco que conozco (de su música y actuación) me ha hecho reír de buena gana. La del 'Perro de Mozart' es grandiosa.
Saludos Onán
Ya ves
Pero lo bueno de esa sonata es que está hecha a imagen y semejanza de las sonatas de Mozart "de verdad". Componer "por Mozart" y tocar el piano "por Mozart" mientras canta una simpática letra: otra virguería más entre mil, qué pasada de músico.
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